| 1 cuota de $30.000 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $30.000 |
| 3 cuotas de $10.000 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $30.000 |
| 2 cuotas de $15.000 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $30.000 |
| 6 cuotas de $6.673 | Total $40.038 |
| 6 cuotas de $7.090,50 | Total $42.543 |
| 6 cuotas de $7.140 | Total $42.840 |
Las negligencias o desdenes o libertades del último Flaubert han desconcertado a los críticos; yo creo ver en ellas un símbolo. El hombre que con Madame Bovary forjó la novela realista fue también el primero en romperla. Chesterton, apenas ayer, escribía: La novela bien puede morir con nosotros. El instinto de Flaubert presintió esa muerte, que ya está aconteciendo ¿no es el Ulises, con sus planos y horarios y precisiones, la espléndida agonía de un género?, y en el quinto capítulo de la obra condenó las novelas estadísticas o etnográficas de Balzac y, por extensión, las de Zola. Por eso, el tiempo de Bouvard et Pécuchet se inclina a la eternidad; por eso, los protagonistas no mueren y seguirán copiando, cerca de Caen, su anacrónico Sottisier, tan ignorantes de 1914 como de 1870: por eso, la obra mira, hacia atrás, a las parábolas de Voltaire y de Swift y de los orientales y, hacia adelante, a las de Kafka. Hay, tal vez, otra clave. Para escarnecer los anhelos de la humanidad, Swift los atribuyó a pigmeos o a simios; Flaubert, a dos sujetos grotescos. Evidentemente, si la historia universal es la historia de Bouvard y de Pécuchet, todo lo que la integra es ridículo y deleznable.
Jorge Luis Borges
